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Luisa y los gusanos


Por Javier Cuervo

(De la presentación en el Club Prensa Asturiana, el 15 de enero de 2019)   


Cuando Juan Cueto decía que Asturias no es el norte de España sino el sur de Inglaterra estaba pensando en Luisa Navia-Osorio García-Braga, esta Luisa que no trae aquí, hoy, con su novela Los agujeros de gusano.

 

Juan Cueto no conoció a esta Luisa novelista, pero sabía de lo que hablaba como ovetense que tenía bien caracterizada la ciudad. Tanto, que se fue a vivir a Gijón.  

 

Luisa es flemática, tiene un sentido del humor delicado y constante y una nubecilla de excentricidad que me resulta encantadora. A mí, la excentricidad me arrebata. Las personas centradas están bien para actividades necesarias, pero son aburridas. No soy lector de novelas de personas centradas. Es más, diría que las personas centradas no escriben novelas, pero me equivocaría porque ahora todo el mundo escribe una novela.

 

Luisa es divertida y Los agujeros de gusano es una novela divertida.

 

Luisa es divertida, pero de verdad. Me han hecho odiar la palabra «divertido» desde que la aplican a los calcetines con dibujitos, a los programas de televisión donde los hombres se ponen pelucas de mujer o a la comida de trampantojo a la que ponen nombres idiotas.

 

Luisa es divertida e inglesa y Los agujeros de gusano es una estupenda novela inglesa de Oviedo, que trata de Oviedo y está escrita de una manera muy británica y muy ovetense.

 

Es una novela de Oviedo que sabe y huele a Oviedo por varias razones.

 

La más boba de esas razones es que una de sus primeras palabras es «sapo» —las manzanas del sapo— y sapo es la última palabra de la Regenta, «Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo».

 

Ahora, voy a la razón de verdad. Es muy ovetense porque trata del clasismo, que es el intríngulis de la sociedad, de toda sociedad, pero que en una ciudad como Oviedo tiene sus propias formas porque, por tamaño, no se puede no convivir, no puede no haber fricción entre personas de distintas clases ni demasiado fingimiento entre ellas porque en Oviedo nos conocemos todos.

 

Luisa dice que el clasismo ya no explica Oviedo, pero en esta novela, Los agujeros de gusano unen dos universos paralelos, el de la aristocracia rural en lo que ha devenido y el de los nuevos ricos, en lo que adviene. Vale, quizá no sea la lucha de clases marxista pero sí es la guerra psicológica de clases, ese querer y no poder, tener y no tener, poder y no tener, ser o no ser… esas son las cuestiones.

 

Luisa sabe de lo que habla porque es una british aristócrata rural que sabe calzar katiuskas verdes, no rojas y con etiqueta hunter y aprecia el tweed, ese tejido escocés de lana áspera porque es cálido y resistente, es decir que aguanta el frío y el paso del tiempo, como la aristocracia.

 

Con Los agujeros de gusano Luisa cumple una promesa que nunca había hecho: escribir esta novela. Ni siquiera ella sabía que la escribiría hace tres años hasta que un día se le ocurrió de forma repentina. Comentando esto me dijo en una entrevista muy celebrada gracias a sus respuestas:

 

«Me llevó más tiempo que tener a mi hijo, año y medio, pero me divertí y salió sin ningún esfuerzo».

(Esto habla de la novela y da información del parto).

 

Luisa, que fue a Madrid a hacer dibujos animados, que colaboró con caricaturas políticas en ABC y que hizo Ciencias de la Información, es una persona creativa de esa forma que no hace falta ver sus creaciones para saber que lo es.

 

 

Pero a estas alturas queríamos una prueba y ya la tenemos en esta novela tentadora como una manzana a la que en cuanto le echen el diente no les quedará más que devorarla hasta la jaspia y la contrajaspia.

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