Un abuelo de cine

Los milagros se dan en cualquier sitio. Por ejemplo, el pasillo de mi casa de Oviedo, en la que nací. La misma en la que falleció mi abuelo. Y ambos, una mañana de niebla y frío de febrero, nos encontramos en el pasillo del milagro. A él lo llevaban frío como la mañana, recién, en su féretro. Y yo en el vientre de mi madre, caliente, con prisa por escapar del biológico presidio y la comadrona detrás provista de la canastilla. Que el ataúd del abuelo y la canastilla del nieto se crucen en un pasillo como embajadores de la muerte y la vida, hombre, sí que es algo excepcional. Pero, lo verdaderamente asombroso, donde de verdad creo que el milagro adquiere su categoría fue por la voz que se oyó en el pasillo, la del abuelo de toda la vida, decía: «¡Cuida de ello!»; luego, el crujido de la caja al cerrarse. Y se completó el prodigio cuando la comadrona descubrió en la canastilla una retina bien conservada y los cuadernos manuscritos del diario del abuelo. Un abuelo de cine, sin ninguna duda.

 

De su retina, de su nutrido archivo fotográfico, el Pueblo de Asturias y su admirable museo dan buena cuenta en publicaciones, exposiciones permanentes e itinerantes, la conservan, a fe mía, tal y como ordenó el abuelo Modesto.

 

De sus cuadernos, cuatro: uno, su infancia (Colegio de Valdediós); dos, la época en la que se forja el abuelo en el arte de lo polifacético (comerciante, mantequero, fotógrafo); tres, sigue el diario con sus afortunados y desafortunados días en la Cuba de 1927 distribuyendo una película rodada en nuestro terruño y de la que es productor: Bajo las nieblas de Asturias; y el cuarto, la desgracia, la guerra civil, donde el lector encontrará a un Modesto Montoto respetuoso con el otro.

 

Salpimentamos el texto con algunas de sus fotos. Disfruten con sus cuadernos, los que guardé en mi canastilla durante una pila de años. El abuelo y yo los cedemos gustosamente.                  

 

| Manuel Herrero Montoto