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«El poeta va en un aeroplano sin motor al encuentro de la vida»


Por E. Lagar

Publicado en La Nueva España, el 13 de octubre de 2018    


«En este poemario visito una sociedad que se parece a un muro recio y que, como sistema, presenta cada vez más grietas»

Javier Lasheras presenta su nuevo trabajo literario, el poemario El cielo desnudo, editado por Luna de Abajo. Lasheras, nacido en Don Benito (Badajoz) en 1963 pero asentado en Oviedo, ya publicó anteriormente tres libros de poemas y dos novelas. La última, en 2017, lleva por título Las mujeres de la calle Luna y fue premio de novela Ateneo-Ciudad de Valladolid.

 

—¿Qué mundo y qué sociedad aparecen cuando se mira a través de El cielo desnudo?

—El cielo desnudo habla del tiempo pasado —con una voz íntima—, del tiempo presente —con una voz crítica— y de algo que suele transcurrir al margen de esos tiempos: el amor y el eros. Y es en ese tiempo presente donde se tratan, entre otros asuntos, la moral de los poderosos, la calumnia, la decepción con los partidos políticos o la justicia. Y también me pongo en la piel de los desahuciados, de los inmigrantes o de las mujeres maltratadas. En definitiva, visito una sociedad, y un sistema, que se parece a un muro recio de hormigón cada vez con más y más grietas. Y como creo que merece la pena repararlo, apunto mi mirada a las grietas.

 

—¿Quién es el hombre que escribe los versos de este libro?

—Estoy tentado a decirle que varios, según el año en que escribí un poema u otro. ¡Algunos de estos poemas tienen ya más de veinte años! Ahora en serio. Algunos lectores ocasionales de poesía piensan que un poema es un desahogo del autor pero una cosa es el autor y otra el sujeto poético. No niego que en la poesía sea importante la experiencia personal, pero lo fundamental es que el poema funcione, que emocione y comunique. Y es así cómo en El cielo desnudo he podido ponerme en la piel de una mujer maltratada, de un empresario corrupto o de una pareja que mantiene un encuentro sexual esporádico. En todo caso, es cierto que cuando escribía en mi juventud quería contar toda mi vida. Ahora soy menos ambicioso. Tan sólo deseo contar el mundo. Y si, como decía el poeta cubano Cintio Vitier, alguien piensa que algún verso mío aporta una «calidad súbita al mundo», miel sobre hojuelas.

 

—La edad, ser consciente de que se acerca uno al límite final, ¿afila su poesía?

—Es probable. En cualquier caso tengo que andarme con cuidado porque, como todo el mundo sabe, con la edad la cháchara aumenta y flaquea la elocuencia. Soy consciente de que la vida se va estrechando, así que busco y disfruto lo esencial. Uno acaba comprendiendo que ya nada es o sucede en vano, que es buena esta vida, que la vejez va a estar llena de posibilidades y no habrá Estado que lo soporte ni estado físico que lo aguante. Y, al igual que en la vida uno se va deshaciendo de lo superfluo, también la poesía se hace más ligera y exacta y, tal vez, más humana.

 

—¿Cuánto ha cambiado su estilo en este poemario?

—Es difícil para mí saberlo. De tanto andar con los poemas, creo que he perdido la perspectiva. Pero, en lo esencial, no hay una distancia insalvable entre los temas que abordé cuando tenía 20 ó 30 años con los de ahora. Al cabo, los temas son universales. En cuanto a las formas, ahora me ajusto más, busco con mayor ahínco el tono adecuado para cada poema y no renuncio a la musicalidad, sin sacrificar nunca la exactitud. Dicen que tengo un estilo visceral, pero yo creo que es más por el resultado emocional que provoca mi poesía en los lectores que por las formas utilizadas.

 

—¿Qué le quedó en el tintero?

—Nada. Se lo puedo asegurar. Aquí están todos los cielos terrenales de los que quería hablar. El libro, dicho con la debida humildad, me ha salido redondo.

 

—¿Cuál es la diferencia entre el Javier Lasheras novelista y el Javier Lasheras poeta?

—El novelista tiene más sentido del humor y es consciente del trabajo que supone llevar en un Airbus a un montón de lectores hasta el destino final. El poeta es un loco muy cuerdo, un Quijote y tal vez uno de esos marranos que vivían en la Edad Media extramuros, pero que ahora, mutatis mutandis, lleva un aeroplano sin motor, al encuentro de la vida.

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