Delirio del científico que persigue «inventar la verdad»

/ por Marcelo Matas (suplemento «Culturas» de El Comercio y La Voz de Avilés, 13 de diciembre de 2014). También publicada en el blog Agua de palabras

 

TODO ESCRITOR que se precie de serlo sueña con ser dueño de un estilo que cualquier lector pueda reconocerle como propio, claramente distinguible de la prosa funcional que más se suele celebrar en la literatura de escaparate. La mayoría de estos escritores se conforma —y no es poco— con que el estilo que los defina se ciña a meras cuestiones formales, de manera que indagan dentro de las posibilidades lingüísticas, estructurales, espaciales o temporales del texto, pero algunos —los más osados— procuran hacerse con un mundo personal, un territorio lo suficientemente acotado y ancho que en último término sea capaz de suscitar un planteamiento moral. 

 

Ya desde El fósil vivo (2012), novela en la que —en aparente paradoja— se hace memoria de un mundo futuro, Alfredo Hernández García entró en ese privilegiado grupo de escritores que pueden presumir de haber creado un espacio propio, no sólo caracterizado por algunos atrevimientos formales, sino más aún habitado por ciertos fantasmas de los que, al convocarlos, pretende desprenderse. En La venganza del objeto —también disponible en versión digital gratuita— sus señas de identidad se reconocen en las singularidades del lenguaje (una sintaxis que, puesta al servicio de la ironía, oscila entre la solemnidad ridícula de la precisión notarial y la displicencia más pedestre de las expresiones coloquiales; la presencia de neologismos —algunos dignos de aparecer en la próxima edición del DRAE— destinados a nutrir la prosa de pequeños divertimentos con los que el lector va obteniendo la recompensa por seguir leyendo; la originalidad de las imágenes, hallazgos poéticos capaces de deformar —es decir, de ampliar— el sentido de lo significado; el amplio despliegue de sentencias o citas, como muestra irónica de la «citografía» —y de los «culturemas» y «reflexflemas»— que el texto denuncia), en la originalidad de la historia (una mujer se propone observar a un científico, es decir, «transformar el estudioso científico en estudiado», con la intención de auscultar sus marrullerías, las de un personaje que se tiene por «purpurado» —muy por encima de los «amansados» o «básicos» del pueblo llano—, pero que no es más que un «naturófago», un superdotado —de nombre Chiripa, tal vez un guiño risueño al cuento «La conversión de Chiripa», de Clarín— que no investiga para comprender la realidad y aumentar el conocimiento que teóricamente debe perseguir la ciencia, sino «para inventar la verdad», en un afán meramente endogámico tras el cual sólo se pretende que otros investigadores citen el propio estudio, llegando así a la «axiomatización de la citografía», única moral a la que el civilizador —el observador observado— se debe) y en el empleo de la metaficción (la narradora que introduce al lector en el propio texto que cuenta, haciéndole partícipe no sólo de lo que desde su punto de vista se observa en la trama, sino transmitiéndole su personal concepción de la novela en la que la intriga no sería más que el «recurso de los mediocres») que, al servirse de la propia novela también como objeto de análisis, se eleva de esta manera como metáfora de lo que el mismo texto denuncia: el tramposo delirio del científico investigado corre en paralelo con la irónica mirada de la narradora ante lo narrado. 

 

De esta forma, el mérito de La venganza del objeto es que —Como afirmaba Walter Benjamin de Kafka o los surrealistas— el lenguaje deja a un lado su significado «burgués» y recupera su poder primario para denunciar la prepotencia del hombre ante la naturaleza. Para ello el autor se sirve del humor, la exageración y el esperpento, que lejos de edulcorar la acidez de la crítica hacia una ciencia hipertrofiada y endogámica, ahonda más en el malestar que a menudo conlleva lo agridulce.

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