En la mejor tradición de la literatura universal

Entrevista a Ricardo Labra publicada en La Nueva España, 31/08/2016

 / por  L. Fernández / Langreo

 

«LUNA DE ABAJO», la marca del primer grupo poético en reivindicar a Ángel González, ha tirado este verano una edición simbólica de 34 ejemplares de Las estrellas muertas con el único objetivo de salvar la obra póstuma de Eugenio Torrecilla (1924-2012), el pediatra cofundador y gran impulsor desde la década de los sesenta del pasado siglo de la Tertulia Literaria de Langreo.

 

Las estrellas muertas ha visto la luz este verano, a punto de cumplirse (a finales de septiembre), cuatro años del fallecimiento del autor de La balada del Nalón y de La vida por la letra. «Como novela, es la mejor de sus obras» y «probablemente dentro de 30 años será una referencia literaria», igual que El Gatopardo, afirma Ricardo Labra (1958), escritor langreano, autor de más de media docena de libros de poemas, otros tantos de estudios y antologías y uno de relatos breves. Colaborador de La Nueva España. Labra es además licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural, y también máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo.

Ricardo Labra, 2017. © Ana Isabel Jambrina Huete
Ricardo Labra, 2017. © Ana Isabel Jambrina Huete

 —¿Por qué regresó Eugenio Torrecilla?

—Por un desarraigo. Cuando de niño dejó El Entrego natal por el traslado de su padre a las minas de Fabero sufrió un desgarro emocional tremendo, ya que echaba de menos esta zona a la que consideraba su paraíso perdido. Fue el primer universitario de Fabero, pero en ese pueblo le aguardaba un destino fatal al enfermar en tercero de medicina de tuberculosis. En esos años se salvaba muy poca gente, la estreptomicina entraba de contrabando y el padre tenía que ir a comprarla a León. Eugenio Torrecilla regresó a la casa familiar derrotado, casi desahuciado, pero pudo recuperarse de las fortísimas hemoptisis y terminar la carrera en Valladolid.

 

—¿Tenía idealizada la zona?

Todos sus ideales los sublimó en esta cuenca. En aquella época podía haber desempeñado su especialidad en cualquier lugar de España, pero vino a ejercerla en el territorio mitificado de su infancia. En La Montera encontró una biblioteca con poco uso que trasegó de cabo a rabo. Al tiempo que leía buscaba aunar sensibilidades, gente con la que poder comunicarse desde la literatura. Eugenio era un esteta y siempre estaba rezando ante el altar de la sabiduría. Vivió solo por motivos de salud, fue un hombre muy delicado, durante años no se atrevió a viajar; además de leer, por la noche escuchaba Radio París. La emisora convocó un concurso de cuentos con una estancia en la capital francesa como premio. Era la ciudad de Balzac, de Proust y de tantos otros autores por él amados. Ese premio, que para su sorpresa ganó, le permitió ir a París en compañía de su tía. La ciudad de la luces no le defraudó; a partir de entonces perdió el miedo a viajar y ya no dejó de hacerlo.

 

—Usted ha dicho de él que es un referente literario y ético.

—En su casa extendía el mapa sobre la mesa y con el puntero de su dedo te iba señalando París. Viajé muchísimo con él; a través de ese dedo ibas conociendo los barrios de los autores, la conexión de los personajes y su época histórica. Hubo un tiempo que pensábamos que la literatura se llamaba Eugenio Torrecilla, lo mismo que le había pasado a (Jorge Luis) Borges con (Rafael) Cansinos Assens. Él cumplió con nosotros el papel de Virgilio, nos llevó por el dédalo de las letras con brazo experimentado y maestro, porque era un lector enorme de la tradición literaria europea. Sí, Eugenio Torrecilla fue para nosotros todo un referente literario y ético, y todavía lo sigue siendo.

 

—¿Cuál es la importancia de La balada del Nalón?

—Si La aldea perdida de Armando Palacio Valdés es la novela del inicio de la industrialización, en términos mitológicos el cambio de reinado de las diosas de la tierra «Demeter» y «Flora» por el dios de la industria Plutón —el minero—, La balada del Nalón representa el final de esa industrialización, por lo tanto en ella se refleja la agonía de Plutón, sus estertores últimos. Es como si se cerrase el círculo, en realidad Eugenio Torrecilla anticipa lo que sucedería después, la sustitución de Plutón por un dios espurio, Leviatán. Desde entonces todo el mundo hace polígonos industriales con la expectativa de que venga Leviatán, desde fuera al precio que sea, volando a poner el huevo de las tecnológicas.

 

—En La vida por la letra describe la penosa enfermedad que padeció.

—Eugenio era proustiano, llevaba una existencia muy similar a la del autor francés que también estuvo encerrado en su casa y veía la realidad a través de la literatura. Como a Marcel Proust, la enfermedad lo marcó terriblemente por lo que su vida quedó desde entonces sublimada por la literatura, del mismo modo que le ha pasado a muchísimos escritores que tienen una herida abierta.

 

«Las estrellas muertas» de Eugenio Torrecilla, Luna de Abajo, 2016
«Las estrellas muertas» de Eugenio Torrecilla, Luna de Abajo, 2016

—¿Qué supone esta novela póstuma en el conjunto de su obra?

—A Eugenio le definiría casi como autor de una obra única de ficción, Las estrellas muertas, igual que sucede con El Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Esta novela póstuma tiene una sensibilidad proustiana, pero está más emparentada con la obra de Kafka. En ella Eugenio Torrecilla plasma su visión sobre la sociedad, sus miedos, sus fantasmas, a través de un personaje que parece inmortal y transmite una problemática compleja: la de la longevidad humana. Uno de los mitos de estos tiempos, algunos científicos hablan incluso de que se puede llegar a detener el reloj biológico. No me extrañaría que pasasen los años y que esta novela fuese como El Gatopardo un libro de referencia.

 

—Se la ha calificado de mefistofélica.

—Con esta obra sufrió una profunda crisis, hasta hubo que ingresarlo. Fue en 1997. Recuerdo que una noche me llamó a las tres de la madrugada: «Estoy muy mal, ven a casa». Ya me había dicho que a veces se ponía a escribir y de repente tenía distorsiones temporales, y no sabía que le pasaba, tal como le sucede en la novela a su personaje literario. Yo sabía que este malestar estaba originado por su transferencia escritural, ya que durante su redacción me iba leyendo los capítulos que daba por terminados. Al personaje le llega a dar una apoplejía. Eugenio tenía cierto respeto a este libro hasta el extremo de que fue retrasando su publicación. Han pasado los años y ahora vemos que el libro adquiere pleno significado.

 

—¿Por qué se tiran 34 ejemplares de Las estrellas muertas?

—Es una edición simbólica. Lo que pretendemos es salvar un libro que probablemente dentro de 30 años será una referencia literaria en la cuenca y en Asturias. Me imagino que también se acabará subiendo a internet. La tertulia está comprometida en la tarea de preservar una obra que no merece quedar en el olvido. La Nueva España tuvo la lucidez de ver a alguien como Eugenio Torrecilla, una luciérnaga en una sociedad tan mediática y mediatizada, al distinguirle con el reconocimiento de «Asturiano del mes», que para él fue toda una alegría.

 

—¿Cuál de las tres obras le gusta más?

La vida por la letra la considero un libro extraordinario para los letraheridos y me recuerda a El gran Meaulnes (de Alain Fournier). Pero como novela, Las estrellas muertas es la mejor. Quizá La balada del Nalón sea la más voluntariosa. Las estrellas muertas, su obra póstuma, forma parte de la tradición de la literatura universal en la que Eugenio Torrecilla estuvo siempre transitando como un insecto de Kafka. Esta novela trasciende lo local aunque fuera escrita desde la mesilla de su casa. Trabajaba siempre con pluma y luego realizaba las correcciones como Proust, cortando trocitos de papel que pegaba sobre el texto en forma de pliegues de un acordeón.

Eugenio Torrecilla en 2007
Eugenio Torrecilla en 2007

 —¿Cómo era el Eugenio Torrecilla que ustedes conocieron?

—Era un líder natural. En la tertulia, salvo dos o tres que le tuteábamos, el tratamiento que recibía era de don. Nosotros éramos unos chavales de la cuenca y él un hombre muy atildado, impoluto, tanto en las formas como en su vestuario. Se puede decir que vivió bien dentro de una austeridad voluntaria: no cambió la luz de 125 voltios de su casa, apenas tenía electrodomésticos y nunca se compró un ordenador. Su biblioteca estaba conformada por un reducido pero selecto número de libros.

 

—Usted publica el primer libro de poesía, La danza rota, en 1984, el mismo año que él se estrena con La balada del Nalón.

 —Con diferencia de edad, éramos los dos autores bisoños. Yo tenía mucha ilusión y la temeridad de la juventud. Para él siempre fuimos un estímulo, le abrimos la oportunidad de publicar: «Bueno, Eugenio, tienes que dejar algo escrito porque si no acabarás siendo una sombra». Los libros para él tenían una importancia enorme, nunca quiso hacerlos sin los diseños y los dibujos de Helios Pandiella: creía en él como artista.

Escribir comentario

Comentarios: 0